Martes, 24 de marzo

Martes, 24 de marzo

Martes, 24 de marzo
IV semana de cuaresma

(Recuerda:

  1. Pide el Espíritu Santo
  2. Lee despacio y entiende
  3. Medita qué te dice la Palabra de Dios
  4. Ora, respóndele al Señor
  5. Actúa, llévalo a tu vida)

Evangelio según san Juan 5, 1-3. 5-16
En aquel tiempo, se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la puerta de las ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda. Ésta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
—«¿Quieres quedar sano?»
El enfermo le contestó:
—«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado.»
Jesús le dice:
—«Levántate, toma tu camilla y echa a andar.»
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
—«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla.»
Él les contestó:
—«El que me ha curado es quien me ha dicho: Toma tu camilla y echa a andar.»
Ellos le preguntaron:
—«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?»
Pero el que habla quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, aprovechando el barullo de aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
—«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor.»
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos acosaban a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.

Pistas: El paralítico de hoy es como tantas personas invisibles de nuestro mundo. Treinta y ocho años sin importarle a nadie. Hasta que aparece Jesús. ¿Por qué decidió Jesús sanar a aquel paralítico? El enfermo ni sabía quién era Jesús, ni tampoco esperaba nada de Él. Además, una vez sanado, su actitud ante los judíos sólo sirvió para causarle problemas a Jesús. Entonces ¿por qué el Señor lo sanó? ¿qué vio en él? La respuesta es la necesidad de aquel hombre y el amor y misericordia de Jesús por él, por ti, por mí… El mismo amor que le llevará a morir en la Cruz.
Ese mismo amor es el que lleva a Jesús a tomar la iniciativa. A Jesús le importó aquel hombre que sufría. Jesús me ve, le importo, se acerca a mí, aunque nadie lo haga. Incluso en los aspectos de mi vida que a nadie interesan o importan.
¡Cuánta gente habrá que a nadie importa, que son invisibles en la sociedad! Jesús hace ver lo que permanece invisible, lo que los demás no ven. Y trae misericordia y salvación.
Cuando Jesús se acerca al paralítico, él simplemente le responde poniendo su pobreza ante Jesús. No se queja, no discute. Simplemente presenta su pobreza. El reconocimiento humilde es lo que mueve el corazón de Jesús, el corazón de Dios. El reconocimiento humilde de mi limitación, de mi necesidad.
El hombre obedece a Jesús. Eso es fe. Como el funcionario real de ayer. Sigue la palabra de Jesús sin pararse a pensar en la ley del sábado, en las posibles consecuencias. Aunque puede andar, ni sabe quién es Jesús, ni parece que le importe mucho…
Hasta que no se encuentra realmente con Jesús, hasta que no le conoce, su vida no puede cambiar de verdad.
Quizás tú también has experimentado alguna vez la salvación de Dios pero ahora te sientes un poco perdido. Jesús hace descubrir al paralítico una profundidad mayor (el poder del pecado). La experiencia de la gracia, de la salvación, tiene nombre propio: es Jesús.
Estableciendo una relación con Jesús, todo se hace nuevo, la vida cobra una nueva profundidad si le descubres, si te relacionas con Él, si le hablas, si eres capaz de hablar de Él. Y entonces Jesús te enseñará a caminar por sendas en las que no te pasarán “cosas peores”. Al contrario, podrás experimentar su amor y salvación.

Relee el Evangelio, escucha lo que Dios te dice, respóndele con tu oración y llévalo a tu vida.

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